Vacunaciones


El internet proporciona una gran cantidad de información errónea con respeto a las vacunas. La mayoría se centra en la supuesta relación entre las vacunas y el autismo así como también tratan sobre epilepsia y espasmos infantiles. Aunque pueda parecer en gran medida una coincidencia, tanto las convulsiones como la regresión autística son comunes después de vacunarse. Generalmente, los síntomas del autismo empiezan a la misma edad a la que se administran muchas de las vacunas, especialmente entre los 12 y los 15 años con vacunas contra la sarampión, las paperas y la rubéola y la varicela. Normalmente, los espasmos infantiles comienzan entre los 4 y los 8 meses y se solapan con las vacunas contra la difteria, la tos ferina, el tétanos (DTT), el rotavirus, el poliovirus, el neumococo, la hepatitis A y la Haemophilus influenzae tipo B (Hib). Para más información, visite la página de inmunizaciones en el sitio de web de los Centros para el Control de Enfermedades (CDC).

La mayoría de los escépticos a las vacunas mencionan los riesgos del thiomersal, un conservante que contiene mercurio, el cual se ha utilizado en la preparación de vacunas y la inmunoglobulina. El mercurio es una conocida neurotoxina por exposición a altas dosis, especialmente en aquellos casos en los que se inhalan vapores con mercurio de manera crónica. En comparación, la pequeña cantidad presente en las preparaciones de vacunas no presenta ningún riesgo.

El autismo y varias formas de la epilepsia – incluso los espasmos infantiles – tienen una base genética y puede ser que, entre los individuales ya predispuestos genéticamente, algunos factores ambientales aún no identificados puedan desencadenar síntomas aunque no se han estudiado exhaustivamente. Las vacunas serían una excepción y, tras un estudio exhaustivo, no hay datos contundentes que las vinculan con el autismo.

Por otro lado, las convulsiones son un caso diferente. La vacunación suele provocar fiebre, la cual puede ocasionar las crisis. Este fenómeno es especialmente fidedigno si el niño está predispuesto a las convulsiones febriles o tiene epilepsia (incluso los que todavía no han sufrido ninguna crisis). Por lo tanto, las vacunas pueden ser responsables de provocar las convulsiones, pero no la epilepsia. En otras palabras, las vacunas pueden contribuir a potenciar una predisposición que ya existía, pero no a crearla. Muchos casos de epilepsia se identifican justo después de una vacunación (debido al problema con la fiebre), pero estos son casos en los cuales las convulsiones hubieran ocurrido igualmente.

Las vacunaciones no deberán evitarse ni retrasarse solo por intentar evitar la epilepsia. No obstante, las vacunas solo deberán retrasarse si: el paciente es un niño que padece los espasmos infantiles y está recibiendo una terapia hormonal (la prednisolona y el ACTH


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